En memòria de Walter Bonatti (1930-2011)

"Hacía un frío horroroso. Lo sentía yo y lo veía en los rostros de mis dos compañeros. A pesar de estar a pleno sol, Gastón pateaba continuamente el suelo endurecido por la helada y José hablaba sin poder casi mover los labios; los tres teníamos hundidas en los bolsillos del pantalón las bien enguantadas manos.
La culpa de todo era enteramente mía: me había equivocado. Yo era el único autor de la idea de ir al Pedraforca en un 8 de diciembre; yo era quien había arrastrado a aquellos muchachos allí, y ninguno de los dos era bastante experimentado en montaña para soportar tamaños fríos. Ahora comprendía que me iban a fallar; que no haríamos nada...
Pero no quise volverme atrás. Ahora me los llevaba por el camino de Jaça dels Prats hacia una noche incierta y una próxima jornada durísima. Ellos me seguían callados, jadeantes, bajo las pesadas mochilas. Yo debía detenerme a menudo a esperarlos, a decirles que estábamos casi llegando al sitio...
No debiste traerlos aquí -pensaba yo, algo inseguro de lo que nos aguardaba-. Esto es demasiado fuerte para ellos. Van a fallarte los dos.
Pero en seguida reaccionaba, y añadía, con fiereza:
¡Aguantarán, ya lo creo! Y si no, ¿por qué venían? ¡Ya les enseñaré yo a resistir!
Voluntad no les faltaba. Andaban sin parar y sus fatigados rostros me sonreían; yo comprendía que confiaban en mí. ¡Y yo también debía fiar en mí, si quería salir con bien de todo!
El día es cortísimo en invierno. Eran las cinco de la tarde y el sol había ya dado el último toque de luz en las cumbres del Puig d'Alp y del Puigllançada, enfrente de nuestros ojos. El aire, de una limpidez asombrosa, dejaba recortar las siluetas de las montañas de manera bellísima, sobre un cielo plateado, frío ya por la ausencia del astro de la vida. Dentro de poco, por el Este empezaría a llegar la noche, esa noche de invierno que enciende las estrellas en el puro firmamento, y en la que el frío se apoderaría de todo: del aire, del bosque, de nosotros, ¡Qué noche!
La Jaça ya estaba fría. La hierba crujía bajo nuestros pies; un silencio magnífico nos envolvía. Gastón y José seguían mudos, cohibidos casi, como si anduvieran por un sitio prohibido. Yo sonreía para animarlos. Levanté la vista y les mostré la gran pared, que se alzaba, imponente, hasta ochocientos metros por encima de nuestras cabezas. Gris toda ella, sólo ligeramente salpicada de nieve; opaca, dominadora. Fría también.
- ¡Magnífica! -dije yo, entusiasmado ahora-.¡Fijáos cómo nos aguarda!¡Mañana, mañana!¡Qué ascensión mañana!
Ellos sonreían, mas no podían ocultar el miedo. Miedo al frío, miedo a la noche, y un miedo atroz a la roca, que les había asaltado de repente, ante la fenomenal visión de la gran pared del Pedraforca.
Obscurecía. El livido cielo tenía un ligero tinte rosado. No había, pues, tiempo que perder. Les mandé que siguieran el sendero hasta el torrente, para traer agua (tonto de mí: ¡traer agua, reinando aquella temperatura!). Yo cogí mi mochila y me adentré por el bosque, en busca de lo que debía ser nuestro albergue durante aquella noche.
Me costó algo hallarlo, por ser un punto de por sí escondido, y porque bajo los abetos había ya muy poca luz. Es una gran piedra inclinada, sobre la cual algún mañoso amante de la incomodidad ha apuntalado unos troncos, cubriéndolos luego con ramas. Forma únicamente un pequeño ángulo que alberga más bien ideal que materialmente. No hay puerta, corre el aire por el interior; a duras penas caben allí tres personas... "¡Veremos qué les parecerá este refugio a los muchachos "
Volví al prado a recoger las mochilas restantes y allí encontré a Gastón hurgando en una de ellas. Las dos cantimploras yacían en el suelo, vacías.
- ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está José?
- En el torrente; he venido a buscar martillos para romper el hielo.
Caí en la cuenta. ¡El torrente! ¡Debía estar convertido en una catarata de hielo! Seguí a Gastón y al acercarnos allí vi sólo una dura y blanca cascada. Parecía de mármol. Los martillos rebotaban sobre la helada masa, sonando a macizo. Pudimos recoger unos pocos pedazos, y con ellos nos fuimos hacia la cabaña.
¡La cabaña! Mis amigos se permitieron bromear al verla, pero comprendieron la noche que nos esperaba a los tres. Eran ya las seis de la tarde; el interior del bosque estaba negro; el frío penetraba hasta los huesos.
- ¡Y hasta mañana a las siete no se hace de día! Trece horas vamos a pasar aquí.
- No apurarse, las pasaremos bien. Será la mejor noche montañera que habréis vivido -les animé yo, seguro de mí mismo-. Ahora recojamos leña, mucha leña. Comeremos junto al fuego y organizaremos una velada. Veréis como será una buena velada.
Los dos eran excelentes muchachos. Cada uno se fué por un lado hacia el negro bosque y pronto tuvimos mucha leña recogida. Hicimos una buena hoguera junto a la cabaña y nosotros, los tres apretujados en el mísero ángulo, nos quedamos silenciosos, contemplando el monótono bailoteo de las llamas.
Resultaba bonito aquello. Fundimos hielo e hicimos una buena sopa. Tostamos pan, que untamos con mantequilla. La bota del vino corría inquieta de mano en mano. A mí me subió un agradable calor a las mejillas... Esto era lo bueno; era la hora. Abrí mi saco de dormir y me introduje en él quedándome sentado así, junto al fuego. Gastón y José me imitaron.
Después saqué mi flauta y toqué en ella tonadillas sencillas, que sonaron como un concierto en el grandioso ámbito del bosque. Gastón explicó historias, tan interesantes como inverosímiles. José se limitaba a escuchar... ¡Bonita velada; hermosa noche!
Llegaron las diez y nadie se enteró. Yo empezaba a reírme de mis temores de la tarde y veía a mis amigos satisfechos y seguros en tan magnífico vivac. Y les hice una pequeña disertación sobre el modo de vencer el temor hacia lo que se ve incierto.
Me escuchaban en silencio, satisfechos, al parecer, de haberse dejado conducir hasta allí y de haberlo sobrellevado todo a cambio de la tranquilidad de ahora. Yo estaba seguro en aquellos momentos de que ninguno de los dos habría cambiado nuestro mísero albergue por el mejor palacio del mundo. José tenía fijas en las llamas sus pupilas, feliz, creo yo, como nunca. Gastón, satisfecho, siguió contando historias del momento. Y yo volví a mi flauta, concentrando toda mi alegría en el agudo pico de la embocadura y en los dedos que, suavemente, modulaban las animadoras notas.
Pero de pronto púsose a gemir un extraño viento que azotó los árboles e hizo sonar en el bosque un clamor intranquilizante. José fué quien, súbitamente, alzó la cabeza primero que todos. Gastón interrumpió su narración. Mi solo feliz fué ahogado en el tubo de la flauta.
- Es el viento -dije, después de un ratito en el que tuve que soportar la espantada mirada de mis amigos-. No tiene ninguna importancia.
Mas, como para combatir mi observación, el gemido se convirtió rápidamente en una ráfaga potente. Entró por debajo los troncos que había junto a la roca, heló nuestras espaldas e hizo achicar nuestro fuego. Y por encima del precario techo de la cabaña obligaba a balancearse a las grandes y altísimas copas de los árboles, que se hundían, invisibles, en la noche.
Y no cesaba. Nuestra fogata ardía rápidamente, pero sin llama. La leña estaba en un clarísimo rojo, chasqueando, llenándose de manchas negras cuando disminuían los embates del viento. Pero no alumbraban. Y a la terrible obscuridad se añadió el más terrible ulular del viento y el fuerte rumor de los azotados árboles. Desapareció el encanto de la velada.
Quise sobreponerme, en aquella difícil situación y di instrucciones a mis compañeros.
- Gastón, cuida del fuego, que el viento no lo propague. Tú, José, ayúdame a amontonar ramas para impedir por ahí el paso del aire.
¡Pero nada! Gastón seguía mirando el fuego, metidas las manos en los bolsillos y emergiendo la mitad de su cuerpo del saco de dormir. José se estaba abrochando la chaqueta, insensible a mis gritos.
- ¿No me oís? ¡No vamos a quedarnos aquí sin hacer nada! ¡Hay que obrar, o nos va a vencer la noche y el frío! ¡Gastón! ¿Qué estás haciendo?
Ahora Gastón llenaba su mochila con todo lo suyo, esparcido por el suelo. Me asusté al ver la maniobra y comprendí ya que la cosa no tenía remedio.
- Me voy. Me voy a Saldes. Esta noche es imposible. Tú eres un loco y quieres matarnos. ¡Vámonos, José, vámonos!
Fuera -si había "fuera"- el viento aullaba en aumento, dando fuerza a las palabras de Gastón. Los troncos que nos protegían amenazaban con dejarse llevar por el vendaval. Del fuego salían, veloces, muchas centellas que se perdían en la negra noche del bosque.
José recogió también lo suyo. Comprendí que por mi parte no podía hacer nada ya para impedir la deserción.
- ¿A Saldes ahora? ¿Con esta negrura? Estáis locos los dos...
- El loco eres tú, ya te lo he dicho. Nosotros nos vamos de aquí. Esto es para perros.
- ¿Y mañana? ¿Y la ascensión?
- Mañana será otro día. Ya volveremos, si conviene.
Estaban decididos. El miedo, la noche y el viento les habían vencido. Todo mi ánimo se derrumbó, mi alegría del vivac fué llevada lejos por la furia del vendaval. Estaba fracasado.
Y no podía dejarlos solos en aquella noche, por un sitio desconocido. Plegué mi saco y también cerré mi mochila. Luego los tres esparcimos el fuego y la noche nos rodeó, negra como nunca. La leve luz de la vela de mi farolillo de cristales de mica no era nada en tan tremenda obscuridad.
Al salir del bosque el viento sopló todavía más. En el estrellado cielo se dibujaban confusamente las revueltas agujas de los árboles. La gran pared llenaba con su opaca masa una gran parte del cielo. Los luceros refulgían vigorosos en el barrido firmamento. Bajo nuestros pies crujía la hierba de Jaça dels Prats.
Nos alejábamos. Mi lucecita marcaba el camino y Gastón y José me seguían, confiando de nuevo en mí. Yo no quería regresar y, sin embargo, los guiaba a ellos hacia el pueblo. Era un simple instrumento suyo... Allí donde yo tropezaba, ellos no tropezaban, y donde yo dudaba, ellos me seguían, seguros. Yo, que no quería abandonar la noche del bosque, los conducía ahora a ellos al pueblo, los sacaba de la noche y del bosque.
Como si quisiera ver cómo era el mundo a aquella hora, la luna asomó, curiosa, sus delgados cuernos por encima de la arista de las Costas d'en Dou. La montaña adquirió algún relieve y vimos ya algo más que lo que mi farol alumbraba. Una ráfaga apagó la ténue llama de la vela y proseguimos sin ella: con la luna bastaba. El viento seguía ululando, azotando la noche...
***
A primera hora de la madrugada llamábamos a la puerta del hostal de Saldes. Tardaron en abrirnos, pues nadie nos esperaba. Y entonces mis amigos, mis rebeldes amigos, me abrazaron y se consideraron salvados.
¡Pidieron camas! La mía fué muy grande y muy blanda. Fuera soplaba el vendaval, haciendo gemir las ventanas. Y yo estaba muy bien y calentito entre sábanas y mantas de lana, pero hubiera cambiado todo aquello por mi precario refugio en Jaça dels Prats.
Esperaba que todo hubiera sido una pesadilla y hubiese querido despertarme con el rostro helado, bajo los débiles troncos de mi cabañita, oyendo el gemir de la noche y siguiendo la rápida fuga de las brasas semiapagadas de mi fogata, llevadas lejos por la ventolera."
Agustín Faus. "Retirada" (Cara a la montaña, Ed.Juventud, 1954)


"Hacía un frío horroroso. Lo sentía yo y lo veía en los rostros de mis dos compañeros. A pesar de estar a pleno sol, Gastón pateaba continuamente el suelo endurecido por la helada y José hablaba sin poder casi mover los labios; los tres teníamos hundidas en los bolsillos del pantalón las bien enguantadas manos.
La culpa de todo era enteramente mía: me había equivocado. Yo era el único autor de la idea de ir al Pedraforca en un 8 de diciembre; yo era quien había arrastrado a aquellos muchachos allí, y ninguno de los dos era bastante experimentado en montaña para soportar tamaños fríos. Ahora comprendía que me iban a fallar; que no haríamos nada...
Pero no quise volverme atrás. Ahora me los llevaba por el camino de Jaça dels Prats hacia una noche incierta y una próxima jornada durísima. Ellos me seguían callados, jadeantes, bajo las pesadas mochilas. Yo debía detenerme a menudo a esperarlos, a decirles que estábamos casi llegando al sitio...
No debiste traerlos aquí -pensaba yo, algo inseguro de lo que nos aguardaba-. Esto es demasiado fuerte para ellos. Van a fallarte los dos.
Pero en seguida reaccionaba, y añadía, con fiereza:
¡Aguantarán, ya lo creo! Y si no, ¿por qué venían? ¡Ya les enseñaré yo a resistir!
Voluntad no les faltaba. Andaban sin parar y sus fatigados rostros me sonreían; yo comprendía que confiaban en mí. ¡Y yo también debía fiar en mí, si quería salir con bien de todo!
El día es cortísimo en invierno. Eran las cinco de la tarde y el sol había ya dado el último toque de luz en las cumbres del Puig d'Alp y del Puigllançada, enfrente de nuestros ojos. El aire, de una limpidez asombrosa, dejaba recortar las siluetas de las montañas de manera bellísima, sobre un cielo plateado, frío ya por la ausencia del astro de la vida. Dentro de poco, por el Este empezaría a llegar la noche, esa noche de invierno que enciende las estrellas en el puro firmamento, y en la que el frío se apoderaría de todo: del aire, del bosque, de nosotros, ¡Qué noche!
La Jaça ya estaba fría. La hierba crujía bajo nuestros pies; un silencio magnífico nos envolvía. Gastón y José seguían mudos, cohibidos casi, como si anduvieran por un sitio prohibido. Yo sonreía para animarlos. Levanté la vista y les mostré la gran pared, que se alzaba, imponente, hasta ochocientos metros por encima de nuestras cabezas. Gris toda ella, sólo ligeramente salpicada de nieve; opaca, dominadora. Fría también.
- ¡Magnífica! -dije yo, entusiasmado ahora-.¡Fijáos cómo nos aguarda!¡Mañana, mañana!¡Qué ascensión mañana!
Ellos sonreían, mas no podían ocultar el miedo. Miedo al frío, miedo a la noche, y un miedo atroz a la roca, que les había asaltado de repente, ante la fenomenal visión de la gran pared del Pedraforca.
Obscurecía. El livido cielo tenía un ligero tinte rosado. No había, pues, tiempo que perder. Les mandé que siguieran el sendero hasta el torrente, para traer agua (tonto de mí: ¡traer agua, reinando aquella temperatura!). Yo cogí mi mochila y me adentré por el bosque, en busca de lo que debía ser nuestro albergue durante aquella noche.
Me costó algo hallarlo, por ser un punto de por sí escondido, y porque bajo los abetos había ya muy poca luz. Es una gran piedra inclinada, sobre la cual algún mañoso amante de la incomodidad ha apuntalado unos troncos, cubriéndolos luego con ramas. Forma únicamente un pequeño ángulo que alberga más bien ideal que materialmente. No hay puerta, corre el aire por el interior; a duras penas caben allí tres personas... "¡Veremos qué les parecerá este refugio a los muchachos "
Volví al prado a recoger las mochilas restantes y allí encontré a Gastón hurgando en una de ellas. Las dos cantimploras yacían en el suelo, vacías.
- ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está José?
- En el torrente; he venido a buscar martillos para romper el hielo.
Caí en la cuenta. ¡El torrente! ¡Debía estar convertido en una catarata de hielo! Seguí a Gastón y al acercarnos allí vi sólo una dura y blanca cascada. Parecía de mármol. Los martillos rebotaban sobre la helada masa, sonando a macizo. Pudimos recoger unos pocos pedazos, y con ellos nos fuimos hacia la cabaña.
¡La cabaña! Mis amigos se permitieron bromear al verla, pero comprendieron la noche que nos esperaba a los tres. Eran ya las seis de la tarde; el interior del bosque estaba negro; el frío penetraba hasta los huesos.
- ¡Y hasta mañana a las siete no se hace de día! Trece horas vamos a pasar aquí.
- No apurarse, las pasaremos bien. Será la mejor noche montañera que habréis vivido -les animé yo, seguro de mí mismo-. Ahora recojamos leña, mucha leña. Comeremos junto al fuego y organizaremos una velada. Veréis como será una buena velada.
Los dos eran excelentes muchachos. Cada uno se fué por un lado hacia el negro bosque y pronto tuvimos mucha leña recogida. Hicimos una buena hoguera junto a la cabaña y nosotros, los tres apretujados en el mísero ángulo, nos quedamos silenciosos, contemplando el monótono bailoteo de las llamas.
Resultaba bonito aquello. Fundimos hielo e hicimos una buena sopa. Tostamos pan, que untamos con mantequilla. La bota del vino corría inquieta de mano en mano. A mí me subió un agradable calor a las mejillas... Esto era lo bueno; era la hora. Abrí mi saco de dormir y me introduje en él quedándome sentado así, junto al fuego. Gastón y José me imitaron.
Después saqué mi flauta y toqué en ella tonadillas sencillas, que sonaron como un concierto en el grandioso ámbito del bosque. Gastón explicó historias, tan interesantes como inverosímiles. José se limitaba a escuchar... ¡Bonita velada; hermosa noche!
Llegaron las diez y nadie se enteró. Yo empezaba a reírme de mis temores de la tarde y veía a mis amigos satisfechos y seguros en tan magnífico vivac. Y les hice una pequeña disertación sobre el modo de vencer el temor hacia lo que se ve incierto.
Me escuchaban en silencio, satisfechos, al parecer, de haberse dejado conducir hasta allí y de haberlo sobrellevado todo a cambio de la tranquilidad de ahora. Yo estaba seguro en aquellos momentos de que ninguno de los dos habría cambiado nuestro mísero albergue por el mejor palacio del mundo. José tenía fijas en las llamas sus pupilas, feliz, creo yo, como nunca. Gastón, satisfecho, siguió contando historias del momento. Y yo volví a mi flauta, concentrando toda mi alegría en el agudo pico de la embocadura y en los dedos que, suavemente, modulaban las animadoras notas.
Pero de pronto púsose a gemir un extraño viento que azotó los árboles e hizo sonar en el bosque un clamor intranquilizante. José fué quien, súbitamente, alzó la cabeza primero que todos. Gastón interrumpió su narración. Mi solo feliz fué ahogado en el tubo de la flauta.
- Es el viento -dije, después de un ratito en el que tuve que soportar la espantada mirada de mis amigos-. No tiene ninguna importancia.
Mas, como para combatir mi observación, el gemido se convirtió rápidamente en una ráfaga potente. Entró por debajo los troncos que había junto a la roca, heló nuestras espaldas e hizo achicar nuestro fuego. Y por encima del precario techo de la cabaña obligaba a balancearse a las grandes y altísimas copas de los árboles, que se hundían, invisibles, en la noche.
Y no cesaba. Nuestra fogata ardía rápidamente, pero sin llama. La leña estaba en un clarísimo rojo, chasqueando, llenándose de manchas negras cuando disminuían los embates del viento. Pero no alumbraban. Y a la terrible obscuridad se añadió el más terrible ulular del viento y el fuerte rumor de los azotados árboles. Desapareció el encanto de la velada.
Quise sobreponerme, en aquella difícil situación y di instrucciones a mis compañeros.
- Gastón, cuida del fuego, que el viento no lo propague. Tú, José, ayúdame a amontonar ramas para impedir por ahí el paso del aire.
¡Pero nada! Gastón seguía mirando el fuego, metidas las manos en los bolsillos y emergiendo la mitad de su cuerpo del saco de dormir. José se estaba abrochando la chaqueta, insensible a mis gritos.
- ¿No me oís? ¡No vamos a quedarnos aquí sin hacer nada! ¡Hay que obrar, o nos va a vencer la noche y el frío! ¡Gastón! ¿Qué estás haciendo?
Ahora Gastón llenaba su mochila con todo lo suyo, esparcido por el suelo. Me asusté al ver la maniobra y comprendí ya que la cosa no tenía remedio.
- Me voy. Me voy a Saldes. Esta noche es imposible. Tú eres un loco y quieres matarnos. ¡Vámonos, José, vámonos!
Fuera -si había "fuera"- el viento aullaba en aumento, dando fuerza a las palabras de Gastón. Los troncos que nos protegían amenazaban con dejarse llevar por el vendaval. Del fuego salían, veloces, muchas centellas que se perdían en la negra noche del bosque.
José recogió también lo suyo. Comprendí que por mi parte no podía hacer nada ya para impedir la deserción.
- ¿A Saldes ahora? ¿Con esta negrura? Estáis locos los dos...
- El loco eres tú, ya te lo he dicho. Nosotros nos vamos de aquí. Esto es para perros.
- ¿Y mañana? ¿Y la ascensión?
- Mañana será otro día. Ya volveremos, si conviene.
Estaban decididos. El miedo, la noche y el viento les habían vencido. Todo mi ánimo se derrumbó, mi alegría del vivac fué llevada lejos por la furia del vendaval. Estaba fracasado.
Y no podía dejarlos solos en aquella noche, por un sitio desconocido. Plegué mi saco y también cerré mi mochila. Luego los tres esparcimos el fuego y la noche nos rodeó, negra como nunca. La leve luz de la vela de mi farolillo de cristales de mica no era nada en tan tremenda obscuridad.
Al salir del bosque el viento sopló todavía más. En el estrellado cielo se dibujaban confusamente las revueltas agujas de los árboles. La gran pared llenaba con su opaca masa una gran parte del cielo. Los luceros refulgían vigorosos en el barrido firmamento. Bajo nuestros pies crujía la hierba de Jaça dels Prats.
Nos alejábamos. Mi lucecita marcaba el camino y Gastón y José me seguían, confiando de nuevo en mí. Yo no quería regresar y, sin embargo, los guiaba a ellos hacia el pueblo. Era un simple instrumento suyo... Allí donde yo tropezaba, ellos no tropezaban, y donde yo dudaba, ellos me seguían, seguros. Yo, que no quería abandonar la noche del bosque, los conducía ahora a ellos al pueblo, los sacaba de la noche y del bosque.
Como si quisiera ver cómo era el mundo a aquella hora, la luna asomó, curiosa, sus delgados cuernos por encima de la arista de las Costas d'en Dou. La montaña adquirió algún relieve y vimos ya algo más que lo que mi farol alumbraba. Una ráfaga apagó la ténue llama de la vela y proseguimos sin ella: con la luna bastaba. El viento seguía ululando, azotando la noche...
***
A primera hora de la madrugada llamábamos a la puerta del hostal de Saldes. Tardaron en abrirnos, pues nadie nos esperaba. Y entonces mis amigos, mis rebeldes amigos, me abrazaron y se consideraron salvados.
¡Pidieron camas! La mía fué muy grande y muy blanda. Fuera soplaba el vendaval, haciendo gemir las ventanas. Y yo estaba muy bien y calentito entre sábanas y mantas de lana, pero hubiera cambiado todo aquello por mi precario refugio en Jaça dels Prats.
Esperaba que todo hubiera sido una pesadilla y hubiese querido despertarme con el rostro helado, bajo los débiles troncos de mi cabañita, oyendo el gemir de la noche y siguiendo la rápida fuga de las brasas semiapagadas de mi fogata, llevadas lejos por la ventolera."
Agustín Faus. "Retirada" (Cara a la montaña, Ed.Juventud, 1954)
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